Queridos hermanos:
El gran milagro no es que Dios de lo necesario para cada uno. Ya lo ha hecho. El gran milagro es implicarnos en la situación de los otros, conmovernos con el dolor, el hambre, la búsqueda, la soledad y las miserias ajenas, y ser capaces de acoger y compartir lo que Dios nos ha dado buscando el bien del hermano, es decir, amar. Te invito a reflexionar: ¿Cómo ves la realidad de nuestro pueblo y particularmente de nuestra comunidad? ¿Cuáles son sus necesidades? ¿Cómo, concretamente, te abres al hermano para dejar que a través de lo que Dios te ha dado, Dios pueda amarlo, poniéndose a su servicio?
Consejo de la semana: Arrodillarse es un gesto de adoración. No lo podemos pasar por alto sin afectar la calidad de nuestra celebración y, a la larga, la firmeza de nuestra fe. Nos arrodillamos durante la consagración, es decir, desde que el celebrante invoca el Espíritu Santo colocando las manos sobre el cáliz y la patena hasta la aclamación “Este es el sacramento de nuestra fe”. Cuando no sea posible arrodillarnos, hacemos una inclinación profunda después de la consagración del pan y otra después de la consagración del vino, justo en los momentos en que el sacerdote hace la genuflexión. Si realmente creemos en la presencia real de Dios en la Eucaristía, no podemos quedarnos sin manifestarlo externamente en el momento de la transubstanciación.
Gracias por ser parte de nuestra familia de fe. Dios les bendiga abundantemente.
P. Ángel